Me mudo a wordpress
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Sunday, July 08, 2007
Wednesday, July 04, 2007
pretensión
Yo no puedo ser escritor, me dije un lunes por la tarde cuando era copiloto del tipo que viajaba en dirección del sol, no siento esa pasión que seguramente sienten los inmortales, ni tengo el don que le otorgaron las divinidades a algunos cuantos para convertir sus sueños en best-sellers, incluso la depresión me dio la espalda. Ya no bebo ni enloquezco con pequeñeces, no imagino, no camino por las calles en busca del destino, tampoco me levanto por las noches a escribir alguna palabra que describa una emoción. Desconfío del bien y el mal. Con todos estos defectos y otros que ya olvidé, ¿cómo podría escribir algo?
Ah claro, siempre olvido la parte donde aparece el cinismo.
Ah claro, siempre olvido la parte donde aparece el cinismo.
respuesta
Dicen los conocedores que la respuesta a las peores interrogantes está a la vuelta de la esquina. Dice la sombra de mi lámpara que está detrás de ti, junto a tus zapatos, disfrazándose de algo, a miles de millas tal vez o en las mangas del recoge-basura. Todos están equivocados, no está ahí ni en ninguna parte, lo sé porque la busqué, lo sé porque lo inventé
Sunday, July 01, 2007
to this day
... Domingo 1. de Julio... encontré varias de las tan anciadas respuestas... depués escribiré algo más detallado al respecto, por lo pronto me siento feliz.
Dejo pues, para no perder la costumbre la letra de una de mis canciones favoritas (que hoy me queda demasiado):
"Half Day Closing"
In the days, the golden days
When everybody knew what they wanted
It ain't here today
Through the times of lasting love
When parents talked of things tried and tested
It don't feel the same
Dreams and belief have gone
Time, life itself goes on
Far beyond the shrinking skies
Where money talks and leaves us hypnotised
It don't pave the way
Underneath the fading sun
The silent sum of a businessman
Has left us choking
Dreams and belief have gone
Time, life itself goes on
In the days, the golden days
When everybody know what they wanted
It ain't here today
Dreams and belief have gone
Time, life itself goes on
PORTISHEAD
Dejo pues, para no perder la costumbre la letra de una de mis canciones favoritas (que hoy me queda demasiado):
"Half Day Closing"
In the days, the golden days
When everybody knew what they wanted
It ain't here today
Through the times of lasting love
When parents talked of things tried and tested
It don't feel the same
Dreams and belief have gone
Time, life itself goes on
Far beyond the shrinking skies
Where money talks and leaves us hypnotised
It don't pave the way
Underneath the fading sun
The silent sum of a businessman
Has left us choking
Dreams and belief have gone
Time, life itself goes on
In the days, the golden days
When everybody know what they wanted
It ain't here today
Dreams and belief have gone
Time, life itself goes on
PORTISHEAD
Saturday, June 09, 2007
Sabado...
No hay mucho que aportar al blog ultimamente (fuga de ideas supongo)... hoy he decidido quedarme a escuchar discos acompañado de café y cigarrillos (camel a falta de marlboro)... bueno dejaré una foto de mi noche acompañado de una pequeña parte del repertorio de discos que yo considero algo asi como: el soundtrack d mi vida.

La lista:
Air - Pocket Symphony
Vega - Circular ... cómo girar sin dar la vuelta
Charlotte Gainsbourg - 5:55
Kings Of Convenience - Riot On An Empty Street
Nick Cave And The Bad Seeds - Murder Ballads
Cat Power - The Greatest
Jarvis Cocker - The Jarvis Cocker Record
Christina Rosenvinge - Foreign Land
Portishead - Roseland NYC Live
Frank Sinatra - My Way. The Best Of Frank Sinatra
Francoise Hardy - The Vogue Years
Brigitte Fontaine - Rue Saint Louis En L'ile
Led Zeppelin - "el de los simbolitos jaja" (es que no se como ponerlos y me da weba copiar)
Leonard Cohen - I'm Your Man
The Pretenders - Greatest Hits
PJ Harvey - Histories From The City, Histories From The Sea
Sonic Youth - Rather Ripped
Monsieur Gainsbourg (Serge Gainsbourg) - The Originals
Christina Rosenvinge - Continental 62
Tributo A Luis Eduardo Aute - ¡Mira Que Eres Canalla, Aute!
Beth Gibbons & Rustin Man - Out Of Season
U2 - The Best Of 1990 -2000
Suzanne Vega - Retrospective
La lista:
Air - Pocket Symphony
Vega - Circular ... cómo girar sin dar la vuelta
Charlotte Gainsbourg - 5:55
Kings Of Convenience - Riot On An Empty Street
Nick Cave And The Bad Seeds - Murder Ballads
Cat Power - The Greatest
Jarvis Cocker - The Jarvis Cocker Record
Christina Rosenvinge - Foreign Land
Portishead - Roseland NYC Live
Frank Sinatra - My Way. The Best Of Frank Sinatra
Francoise Hardy - The Vogue Years
Brigitte Fontaine - Rue Saint Louis En L'ile
Led Zeppelin - "el de los simbolitos jaja" (es que no se como ponerlos y me da weba copiar)
Leonard Cohen - I'm Your Man
The Pretenders - Greatest Hits
PJ Harvey - Histories From The City, Histories From The Sea
Sonic Youth - Rather Ripped
Monsieur Gainsbourg (Serge Gainsbourg) - The Originals
Christina Rosenvinge - Continental 62
Tributo A Luis Eduardo Aute - ¡Mira Que Eres Canalla, Aute!
Beth Gibbons & Rustin Man - Out Of Season
U2 - The Best Of 1990 -2000
Suzanne Vega - Retrospective
Sunday, May 27, 2007
Samu
Antes de suicidarme quería escribir unas cuantas cartas tradicionales y, durante por lo menos cinco minutos, estar sentado a salvo. De modo que de alguna manera volví a casa.
En el centro de la habitación había un hombrecillo miserable, tembloroso, vulgar, con un sombrero hongo, quien, por alguna razón se frotaba las manos. Esto es lo que vislumbré de mí mismo en el espejo.
Entonces abrí rápidamente la gabeta y saqué papel de escribir y sobres, encontré en mi bolsillo un triste cabo de lápiz y me senté a la mesa. Resultó, sin embargo, que no tenía a quién escribir. Conocía a poca gente y no quería a nadie. De modo que la idea de las cartas quedó desechada y lo demás quedó desechado también; había imaginado vagamente que tenía que ordenarlo todo, ponerme ropa limpia, y dejar todo mi dinero -quinientos pesos- y pertenencias en un sobre con una nota diciendo quién debería recibir cada cosa. Entonces me di cuenta de que no había decidido todo esto hoy sino hacía tiempo, en diversos momentos, cuando solía imaginar alegremente qué hacía la gente para pegase un tiro. Como un inveterado habitante de la ciudad que recibe una invitación inesperada de un amigo del campo empieza por comprarse un termo y un par de botas resistentes, no porque realmente las pueda necesitar, sino inconscientemente como consecuencia de ciertas ideas previas, no probadas, sobre el campo, con sus largos paseos por bosques y montañas. Pero cuando llega no hay bosques ni montañas, sólo campos de labranza llanos, y nadie quiere caminar a grandes zancadas por la carretera en el calor. Entonces vi, como cuando se ve un verdadero campo de nabos en lugar de las cañadas y claros de una tarjeta postal, qué convecionales eran mis ideas previas sobre las tareas que preceden al suicidio; un hombre que ha obtado por la autodestrucción está muy alejado de los negocios mundanos, y sentarse a escribir su testamento sería, en ese momento, un acto tan absurdo como darle cuerda al reloj ya que, junto con el hombre, todo el mundo queda destruido, la última carta se convierte inmediatamente en polvo y, con ella, todos los carteros; y se desvanecen como el humo los bienes legados a una progenie inexistente.
Una cosa que había sospechado desde hacía tiempo - el absurdo mundo -se me hizo evidente. De pronto me sentí increíblemente libre, y la misma libertad era una indicación de ese absurdo. Tomé el billete de quinientos pesos y lo rompí en pequeños pedazos. Me quité el reloj de pulsera y lo empecé a estrellar contra el suelo hasta que se paró. Se me ocurrió en ese momento, si lo deseaba, podía salir corriendo a la calle y, con vulgares palabrotas de lujuria, abrazar a la mujer que eligiera; o pegar un tiro a la primera persona que encontrara, o romper un escaparate... Eso era prácticamente todo lo que se me ocurría: la imaginación de lo ilícito tiene un alcance limitado.
Cargué el revólver con cautela, torpemente, luego apagué la luz . La idea de la muerte, que en otro tiempo me había asustado tanto, era ahora una cosa íntima y simple. Tenía miedo, un miedo terrible del dolor espantoso que podría causarme la bala; pero, ¿tener miedo del negro sueño atercipelado, de la oscuridad uniforme, mucho más aceptable y comprensible que el abigarrado insomnio de la vida? Absurdo: ¿cómo se podía tener miedo de eso? De pie en medio de la habitación oscura, me desabroché la camisa, incliné el torso hacía delante, busqué y localicé el corazón entre las costillas. Palpitaba como un animalillo al que se quiere llevar a un lugar seguro, un pajarito o un ratón a quien no se le puede explicar que no tiene por qué temer, que, por el contrario, estamos actuando por su propio bien. Pero estaba tan vivo, mi corazón; de algún modo me parecía que había algo de repugnante en apretar con fuerza el cañon contra la delgada piel bajo la que latía, resistente, un mundo portátil, de manera que aparté un poco el brazo doblado incómodamente, para que el acero no tocara mi pecho desnudo. Luego puse el pecho en tensión y disparé. Hubo una fuerte sacudida, y un delicioso sonido vibratorio resonó a mi espalda; nunca olvidaré aquella vibración. Fue sustituida inmediatamente por un gorgoteo de agua, un ronco ruido borboteante. Aspiré, ahogándome en la liquidez; todo dentro de mí y a mi alrededor estaba fluyendo y en movimiento. Me encontré arrodillado en el suelo; extendí la mano para afirmarme, pero se hundió en el suelo como en un agua sin fondo.
Algún tiempo después, si es posible hablar aquí de tiempo, quedó claro que el pensamiento humano mantiene su ímpetu después de la muerte. Me encontraba completamente enfadado: ¿era una mortaja?, ¿era simplemente la tensa oscuridad? Lo recordaba todo -mi nombre, la vida en la tierra- con perfecta claridad, y sentí un bienestar maravilloso en la idea de que ahora no había de que preocuparse de nada. Con lógica maliciosa y despreocupada avancé de la sensación incomprensible de vendas apretadas a la idea de un hospital e, inmediatamente, obedeciendo a mi voluntad, se materializó a mi alrededor una espectral sala de hospital, y tenía vecinos, momias como yo, tres a cada lado. ¡Qué poderoso era el pensamiento humano, capaz de lanzarse como un rayo más allá de la muerte! Dios sabe por cuánto tiempo seguría latiendo y creando imágenes después de que mi difunto cerebro hubiera dejado de servir para algo. El cráter familiar de un diente ahuecado seguía conmigo y, paradójicamente, esto me proporcionaba un alivio cómico. Sentía cierta curiosidad por saber cómo me habían enterrado, si había habido una misa de réquiem, y quién había asistido al funeral.
Con qué persistencia, sin embargo, y con qué minuciosidad -como si hubiera estado echando de menos su antigua actividad- mi pensamiento se ocupaba en inventar la apariencia de un hospital, y la apariencia de sombras humanas vestidas de blanco moviéndose entre las camas, de una de las cuales provenía la apariencia de gemidos humanos. Yo me sometía afablemente a estas ilusiones, las estimulaba, las incitaba, hasta que conseguía crear una imagen completa, natural, el simple caso de una herida leve causada por una bala inexacta que pasó limpiamente por el serratus; en esto apareció un médico (a quien yo había creado), y se apresuró a confirmar mi despreocupada conjetura. Luego, mientras yo juraba, riendo, que había estado descargando torpemente el revólver, apareció también mi madre, con un sombrero de paja negro adornado con cerezas. Se sentó junto a mi cama, me preguntó cómo me encontraba y, agitando maliciosamente el dedo, mensionó una vasija hecha pedazos por la bala... ¡oh, con cuánta astucia, con qué términos tan sencillos y corrientes explicaba mi pensamiento el zumbido y el gorgoteo que me habían acompañado a la inexistencia!
Supuse que el ímpetu póstumo de mi pensamiento se agotaría pronto, pero al parecer, mientras todavía estaba vivo, mi imaginación había sido tan fértil que todavía quedaba bastant de ella para rato: siguió desarrollando el tema de la recuperación y pronto consiguió que me dieran de alta. La restauración de una calle de Guanajuato parecía un gran éxito, y mientras me deslizaba por la acera , probando delicadamente mis pies todavía débiles, prácticamente incorpóreos, pensaba en cuestiones cotidianas: que tenía que reparar el reloj, y comprar cigarrillos; y que no tenía dinero. Al sorprenderme con estos pensamientos -no demasiado alarmantes, ésa es la verdad - evoqué vivamente el billete de quinientos pesos, que yo había hecho pedazos antes de mi suicidio, y mi sensación de libertad e impunidad en aquel momento. Ahora, sin embargo, mi acción adquiria cierto significado vengativo, y me alegraba haberme limitado a un capricho melancólico y no haber salido a la calle a hacer travesuras. Porque ahora sabía que después de la muerte el pensamiento humano, liberado del cuerpo, continúa moviéndose en una esfera donde todo está interconectado como antes y tiene un grado relativo de sentido, y que el tormento de un pecador en el otro mundo consiste precisamente en que su mente tenaz no pueda encontrar sosiego hasta que no consigue desenmarañar las complejas consecuencias de sus imprudentes acciones terrestres.
Caminé por las calles recordadas; todo se parecía muchísimo a la realidad, y, sin embargo, no había nada para probar que no estaba muerto y que esa calle de Guanajuato no era una quimera postexistente.
Me veía desde fuera, pisando agua, como si dijéramos, y me sentía al mismo tiempo conmovido y asustado como un fantasma inexperto que observa la existencia de una persona de la que conoce, tanto como la figura de dicha persona,su revestimiento interno, la noche interna, la boca y el sabor-en-la-boca...
Después de hablar en la calle con un viejo conocido, parecía que este se había llevado otra imagen de Samu. ¿Importa cuál? Porque no existo; lo que existe son millares de espejos que me reflejan. Cada vez que conosco a alguien, aumenta la población de fantasmas que se parecen a mí. Viven en alguna parte, se multiplican en alguna parte. Sólo yo no existo. Sin embargo, Samu seguirá viviendo por mucho tiempo. Mis dos pequeños primos(por ejemplo), envejecerán y alguna que otra imagen mía, vivirá con ellos como un parásito tenaz. Y luego llegará el día en que morirá la última persona que me recuerde. Mi imagen, un feto de ese último testigo del delito que cometí por el simple hecho de haber nacido. Tal vez una historia casual sobre mí, una simple anécdota en la que aparezco yo, pasará de él a su hijo o a su nieto, y así mi nombre y mi fantasma aparecerán fugazmente aquí y allá por un tiempo más. Luego llegará el final.
Y, sin embargo, soy feliz. Sí, soy feliz. Lo juro, juro que soy feliz. Me he dado cuenta de que la única felicidad en este mundo consiste en observar, espiar, acechar, escudriñarse a uno mismo y a los demás, no ser más que un gran ojo, ligeramente vítreo, algo inyectado en sangre, imperturbable. Juro que esto es la felicidad. Que importa que sea un poco imbécil, un poco detestable, y que nadie aprecie todas las cosas extraordinarias que hay en mí: mi fantasía, mi erudición, mi talento literario... Soy feliz de poder contemplarme a mí mismo, porque cualquier hombre es absorbente: ¡sí, realmente absorbente! El mundo, por mucho que lo intente, no puede insultarme. Soy invulnerable. ¿y qué importa si ahora está al lado de otro? A menudo sueño con sus ropas y cosas en un interminable tendero de éxtasis, en un incesante viento de posesión, y aquél que está a su lado nunca sabrá lo que hago con las sedas y recuerdos de la deidad danzante. Este es el logro supremo del amor. Soy feliz: ¡Sí, feliz! ¿Qué más puedo hacer para demostrarlo, cómo puedo proclamar que soy feliz? Oh, gritarlo para que por fin todos me crean, gente cruel, pagada de sí misma...
En el centro de la habitación había un hombrecillo miserable, tembloroso, vulgar, con un sombrero hongo, quien, por alguna razón se frotaba las manos. Esto es lo que vislumbré de mí mismo en el espejo.
Entonces abrí rápidamente la gabeta y saqué papel de escribir y sobres, encontré en mi bolsillo un triste cabo de lápiz y me senté a la mesa. Resultó, sin embargo, que no tenía a quién escribir. Conocía a poca gente y no quería a nadie. De modo que la idea de las cartas quedó desechada y lo demás quedó desechado también; había imaginado vagamente que tenía que ordenarlo todo, ponerme ropa limpia, y dejar todo mi dinero -quinientos pesos- y pertenencias en un sobre con una nota diciendo quién debería recibir cada cosa. Entonces me di cuenta de que no había decidido todo esto hoy sino hacía tiempo, en diversos momentos, cuando solía imaginar alegremente qué hacía la gente para pegase un tiro. Como un inveterado habitante de la ciudad que recibe una invitación inesperada de un amigo del campo empieza por comprarse un termo y un par de botas resistentes, no porque realmente las pueda necesitar, sino inconscientemente como consecuencia de ciertas ideas previas, no probadas, sobre el campo, con sus largos paseos por bosques y montañas. Pero cuando llega no hay bosques ni montañas, sólo campos de labranza llanos, y nadie quiere caminar a grandes zancadas por la carretera en el calor. Entonces vi, como cuando se ve un verdadero campo de nabos en lugar de las cañadas y claros de una tarjeta postal, qué convecionales eran mis ideas previas sobre las tareas que preceden al suicidio; un hombre que ha obtado por la autodestrucción está muy alejado de los negocios mundanos, y sentarse a escribir su testamento sería, en ese momento, un acto tan absurdo como darle cuerda al reloj ya que, junto con el hombre, todo el mundo queda destruido, la última carta se convierte inmediatamente en polvo y, con ella, todos los carteros; y se desvanecen como el humo los bienes legados a una progenie inexistente.
Una cosa que había sospechado desde hacía tiempo - el absurdo mundo -se me hizo evidente. De pronto me sentí increíblemente libre, y la misma libertad era una indicación de ese absurdo. Tomé el billete de quinientos pesos y lo rompí en pequeños pedazos. Me quité el reloj de pulsera y lo empecé a estrellar contra el suelo hasta que se paró. Se me ocurrió en ese momento, si lo deseaba, podía salir corriendo a la calle y, con vulgares palabrotas de lujuria, abrazar a la mujer que eligiera; o pegar un tiro a la primera persona que encontrara, o romper un escaparate... Eso era prácticamente todo lo que se me ocurría: la imaginación de lo ilícito tiene un alcance limitado.
Cargué el revólver con cautela, torpemente, luego apagué la luz . La idea de la muerte, que en otro tiempo me había asustado tanto, era ahora una cosa íntima y simple. Tenía miedo, un miedo terrible del dolor espantoso que podría causarme la bala; pero, ¿tener miedo del negro sueño atercipelado, de la oscuridad uniforme, mucho más aceptable y comprensible que el abigarrado insomnio de la vida? Absurdo: ¿cómo se podía tener miedo de eso? De pie en medio de la habitación oscura, me desabroché la camisa, incliné el torso hacía delante, busqué y localicé el corazón entre las costillas. Palpitaba como un animalillo al que se quiere llevar a un lugar seguro, un pajarito o un ratón a quien no se le puede explicar que no tiene por qué temer, que, por el contrario, estamos actuando por su propio bien. Pero estaba tan vivo, mi corazón; de algún modo me parecía que había algo de repugnante en apretar con fuerza el cañon contra la delgada piel bajo la que latía, resistente, un mundo portátil, de manera que aparté un poco el brazo doblado incómodamente, para que el acero no tocara mi pecho desnudo. Luego puse el pecho en tensión y disparé. Hubo una fuerte sacudida, y un delicioso sonido vibratorio resonó a mi espalda; nunca olvidaré aquella vibración. Fue sustituida inmediatamente por un gorgoteo de agua, un ronco ruido borboteante. Aspiré, ahogándome en la liquidez; todo dentro de mí y a mi alrededor estaba fluyendo y en movimiento. Me encontré arrodillado en el suelo; extendí la mano para afirmarme, pero se hundió en el suelo como en un agua sin fondo.
Algún tiempo después, si es posible hablar aquí de tiempo, quedó claro que el pensamiento humano mantiene su ímpetu después de la muerte. Me encontraba completamente enfadado: ¿era una mortaja?, ¿era simplemente la tensa oscuridad? Lo recordaba todo -mi nombre, la vida en la tierra- con perfecta claridad, y sentí un bienestar maravilloso en la idea de que ahora no había de que preocuparse de nada. Con lógica maliciosa y despreocupada avancé de la sensación incomprensible de vendas apretadas a la idea de un hospital e, inmediatamente, obedeciendo a mi voluntad, se materializó a mi alrededor una espectral sala de hospital, y tenía vecinos, momias como yo, tres a cada lado. ¡Qué poderoso era el pensamiento humano, capaz de lanzarse como un rayo más allá de la muerte! Dios sabe por cuánto tiempo seguría latiendo y creando imágenes después de que mi difunto cerebro hubiera dejado de servir para algo. El cráter familiar de un diente ahuecado seguía conmigo y, paradójicamente, esto me proporcionaba un alivio cómico. Sentía cierta curiosidad por saber cómo me habían enterrado, si había habido una misa de réquiem, y quién había asistido al funeral.
Con qué persistencia, sin embargo, y con qué minuciosidad -como si hubiera estado echando de menos su antigua actividad- mi pensamiento se ocupaba en inventar la apariencia de un hospital, y la apariencia de sombras humanas vestidas de blanco moviéndose entre las camas, de una de las cuales provenía la apariencia de gemidos humanos. Yo me sometía afablemente a estas ilusiones, las estimulaba, las incitaba, hasta que conseguía crear una imagen completa, natural, el simple caso de una herida leve causada por una bala inexacta que pasó limpiamente por el serratus; en esto apareció un médico (a quien yo había creado), y se apresuró a confirmar mi despreocupada conjetura. Luego, mientras yo juraba, riendo, que había estado descargando torpemente el revólver, apareció también mi madre, con un sombrero de paja negro adornado con cerezas. Se sentó junto a mi cama, me preguntó cómo me encontraba y, agitando maliciosamente el dedo, mensionó una vasija hecha pedazos por la bala... ¡oh, con cuánta astucia, con qué términos tan sencillos y corrientes explicaba mi pensamiento el zumbido y el gorgoteo que me habían acompañado a la inexistencia!
Supuse que el ímpetu póstumo de mi pensamiento se agotaría pronto, pero al parecer, mientras todavía estaba vivo, mi imaginación había sido tan fértil que todavía quedaba bastant de ella para rato: siguió desarrollando el tema de la recuperación y pronto consiguió que me dieran de alta. La restauración de una calle de Guanajuato parecía un gran éxito, y mientras me deslizaba por la acera , probando delicadamente mis pies todavía débiles, prácticamente incorpóreos, pensaba en cuestiones cotidianas: que tenía que reparar el reloj, y comprar cigarrillos; y que no tenía dinero. Al sorprenderme con estos pensamientos -no demasiado alarmantes, ésa es la verdad - evoqué vivamente el billete de quinientos pesos, que yo había hecho pedazos antes de mi suicidio, y mi sensación de libertad e impunidad en aquel momento. Ahora, sin embargo, mi acción adquiria cierto significado vengativo, y me alegraba haberme limitado a un capricho melancólico y no haber salido a la calle a hacer travesuras. Porque ahora sabía que después de la muerte el pensamiento humano, liberado del cuerpo, continúa moviéndose en una esfera donde todo está interconectado como antes y tiene un grado relativo de sentido, y que el tormento de un pecador en el otro mundo consiste precisamente en que su mente tenaz no pueda encontrar sosiego hasta que no consigue desenmarañar las complejas consecuencias de sus imprudentes acciones terrestres.
Caminé por las calles recordadas; todo se parecía muchísimo a la realidad, y, sin embargo, no había nada para probar que no estaba muerto y que esa calle de Guanajuato no era una quimera postexistente.
Me veía desde fuera, pisando agua, como si dijéramos, y me sentía al mismo tiempo conmovido y asustado como un fantasma inexperto que observa la existencia de una persona de la que conoce, tanto como la figura de dicha persona,su revestimiento interno, la noche interna, la boca y el sabor-en-la-boca...
Después de hablar en la calle con un viejo conocido, parecía que este se había llevado otra imagen de Samu. ¿Importa cuál? Porque no existo; lo que existe son millares de espejos que me reflejan. Cada vez que conosco a alguien, aumenta la población de fantasmas que se parecen a mí. Viven en alguna parte, se multiplican en alguna parte. Sólo yo no existo. Sin embargo, Samu seguirá viviendo por mucho tiempo. Mis dos pequeños primos(por ejemplo), envejecerán y alguna que otra imagen mía, vivirá con ellos como un parásito tenaz. Y luego llegará el día en que morirá la última persona que me recuerde. Mi imagen, un feto de ese último testigo del delito que cometí por el simple hecho de haber nacido. Tal vez una historia casual sobre mí, una simple anécdota en la que aparezco yo, pasará de él a su hijo o a su nieto, y así mi nombre y mi fantasma aparecerán fugazmente aquí y allá por un tiempo más. Luego llegará el final.
Y, sin embargo, soy feliz. Sí, soy feliz. Lo juro, juro que soy feliz. Me he dado cuenta de que la única felicidad en este mundo consiste en observar, espiar, acechar, escudriñarse a uno mismo y a los demás, no ser más que un gran ojo, ligeramente vítreo, algo inyectado en sangre, imperturbable. Juro que esto es la felicidad. Que importa que sea un poco imbécil, un poco detestable, y que nadie aprecie todas las cosas extraordinarias que hay en mí: mi fantasía, mi erudición, mi talento literario... Soy feliz de poder contemplarme a mí mismo, porque cualquier hombre es absorbente: ¡sí, realmente absorbente! El mundo, por mucho que lo intente, no puede insultarme. Soy invulnerable. ¿y qué importa si ahora está al lado de otro? A menudo sueño con sus ropas y cosas en un interminable tendero de éxtasis, en un incesante viento de posesión, y aquél que está a su lado nunca sabrá lo que hago con las sedas y recuerdos de la deidad danzante. Este es el logro supremo del amor. Soy feliz: ¡Sí, feliz! ¿Qué más puedo hacer para demostrarlo, cómo puedo proclamar que soy feliz? Oh, gritarlo para que por fin todos me crean, gente cruel, pagada de sí misma...
Wednesday, May 16, 2007
faith
Sentarse sobre el lodo para observar la semejanza del cerdo que viene a vomitar sus entrañas sobre mis piés con la cotidianidad que absorbe la ironía. La absurda realidad -dijera aquel tipo-, reflejada como un concepto amorfo y lleno de simbolismos ausentes de sentido.
Y qué se pretende decir con toda esta basura? Nada, tan simple como eso.
Y qué se pretende decir con toda esta basura? Nada, tan simple como eso.
Wednesday, May 09, 2007
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